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COLUMNISTAS SEGÚN LO VEO

 LOS QUINTACOLUMNISTAS DEL SUBDESARROLLO
Por James Neilson
No sólo los kirchneristas sino también muchos otros se las han ingeniado para convencerse de que todos los reveses sufridos por el país se deben a la astucia de enemigos foráneos muy poderosos. No son los primeros en pensar así. Desde hace más de un siglo, nacionalistas de diverso tipo vienen asegurándonos que el imperialismo anglosajón siempre ha estado resuelto a impedir que la Argentina cumpla el "destino de grandeza" que Dios, la providencia o la historia le han reservado, razón por la que los británicos la obligaron a construir una red ferroviaria que, como una telaraña siniestra, converge en el puerto de Buenos Aires para que pudieran continuar saqueándola. También han insistido en que, luego de tomar el relevo de sus primos transatlánticos, los norteamericanos han tratado una y otra vez de venderle al país esquemas económicos anticuados que no le servirían.

Pues bien, imaginemos que en Londres o Washington allá en los años que siguieran a la Segunda Guerra Mundial se reunían miembros de un cabal obsesionados por el peligro de que la Argentina se erigiera en una gran potencia económica, política y militar. De ser tan maquiavélicos como parecen creer los presuntamente convencidos de que algo similar tuvo lugar, no hubieran soñado con recomendarle adoptar una versión de su propio sistema socioeconómico que creían el mejor disponible, sino que, por el contrario, le hubieran advertido que cualquier intento de hacerlo tendría consecuencias desastrosas y, a sabiendas de que a la larga el corporativismo populista no funcionaría, hubieran procurado convencer a los argentinos de que sería mejor que cualquier alternativa. Por tal motivo, los infames conspiradores hubieran apoyado a los gobiernos de Juan Domingo Perón y sus sucesores de ideas parecidas por entender que, gracias a sus esfuerzos, la Argentina no tardaría en perder terreno, como en efecto sucedió.

Los dirigentes más lúcidos de Gran Bretaña primero y, después, de Estados Unidos, sabían muy bien que la supremacía de sus respectivos países se debía en buena medida al modelo político y económico que a través de los siglos habían improvisado. Sería de suponer, pues, que intentarían impedir que otros se las arreglaran para imitarlo, de tal manera transformándose en competidores de fuste. De haber sido tan arteros como creen los adictos a las teorías conspirativas, los anglosajones hubieran inundado de textos marxistas o populistas a países considerados capaces de amenazar su primacía internacional con el propósito de obstaculizar su desarrollo, pero parecería que jamás se les ocurrió que sería contrario a sus intereses estratégicos que Alemania y el Japón se mutaran en democracias con economías liberales o que, andando el tiempo, China abandonara las recetas maoístas que habían servido para mantenerla económicamente atrasada. Antes bien, desde el vamos procurarían convencer a las elites de tales países de lo ventajoso que les sería mejor tomar el mismo rumbo que las potencias más exitosas. Actuaron así en parte porque querían propagar urbi et orbi su propio evangelio, y en parte porque entendían que les sería beneficioso contar con más socios comerciales solventes.

Es por tales razones, no por altruismo, que los gobiernos y empresarios de los países más ricos quisieran que por fin la Argentina prosperara. De parecerles mejor que siguiera siendo un país muy pobre, casi siempre en crisis, estarían subsidiando a los kirchneristas y otros de agrupaciones afines para que se anotaran más triunfos en la muy exitosa guerra cultural y política que están librando contra el desarrollo. Como en el relato de G. K. Chesterton, "El hombre que fue jueves", en que todos los miembros de una banda revolucionaria anarquista resultaron ser agentes policiales, los kirchneristas sirven con eficacia admirable a la causa contra la cual dicen estar luchando, aunque, a diferencia de los infiltrados del escritor, nunca lo entenderán.

Al igual que sus precursores del nacionalismo criollo, los kirchneristas y sus aliados de la izquierda dura atribuyen la perversidad de los gringos a la envidia que sienten, al temor a que la Argentina logre frustrar sus designios malignos para liderar una rebelión contra el sistema que gira alrededor de la metrópoli de turno. Coinciden con la expresidenta Cristina en que es urgente liberar el país del yugo del pensamiento extranjerizante que a su juicio lo ha mantenido postrado.

Los muchos que piensan así aún llaman cipayos, como los soldados indios del imperio británico, a quienes no comparten sus opiniones contundentes. Dicen que si no son mercenarios son idiotas útiles que se han puesto al servicio de Washington, colaborando con los "monopolios extranjeros" o, últimamente, con los "buitres" que lo ayudan a extender sus dominios. La influencia de dicho sector sigue siendo notable. Incluso los reacios a ir tan lejos como los más combativos se afirman horrorizados por el "neoliberalismo" que, lo mismo que Jorge Bergoglio, toman por una doctrina nefasta inventada por una nueva generación de esclavistas, y se felicitan por no dejarse engañar por el Consenso de Washington, un conjunto de principios que en otras latitudes parecen moderados, ya que entre otras cosas se proponían más disciplina fiscal, la reducción de subsidios para posibilitar un mayor gasto en educación y sanidad, además, huelga decirlo, de lo conveniente que sería privatizar algunas empresas estatales, pero que aquí se vinculan con lo que sucedió en los terribles años noventa.


Antes de la llegada de los Kirchner, los más dispuestos a reivindicar la idea de que casi todas las desgracias locales sean fruto de una siniestra conspiración internacional habían sido los voceros de la dictadura militar: según ellos, los norteamericanos los criticaban por las violaciones de los derechos humanos por los consabidos motivos geopolíticos. Desde entonces, mucho ha cambiado al apropiarse la izquierda populista del tema, pero la militancia en tal sentido del gobierno de Jimmy Carter no fue una aberración pasajera. Reflejaba la propensión de los círculos más influyentes del "imperio" a procurar difundir sus propios valores por el mundo entero, lo que, pensándolo bien, es un tanto raro por ser cuestión del país coyunturalmente más poderoso; si sus líderes quisieran perjudicar a sus rivales eventuales, lo que sería lógico, los alentarían a aferrarse a modelos, como el kirchnerista, que saben condenados a fracasar.

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